Mi yo vehículo

by | May 17, 2017 | LIFE IN UK | 5 comments

Estando ya asentada en Edimburgo, llegó la hora de tomar una decisión en cuanto a mi medio de transporte y mi ejercicio físico. Pues bien, ni corta ni perezosa, me dispongo a aunar esos dos dilemas con una maravillosa bici. Eso de ir en bici por la ciudad es algo que una madrileña como yo siempre añora. Además te da un toque cosmopolita que ya es el remate final de todas tus intenciones. Estaba en un país diferente, con una lengua diferente, una cultura diferente, todo diferente y desde luego lo que más me motivaba era hacer cosas diferentes. Usar la bicicleta como medio de transporte era una de las que más me motivaba.

Yo veía circular a los vecinos del barrio de Leith y alrededores, montados en sus bicis, cada cual más bonita y se me caía la baba. Tenían todos un halo de civismo europeo de lo más chic, y yo, empezaba a experimentar con asombro esas cotidianas diferencias entre España y Reino Unido. Esas diferencias que hacen que te descubras diciéndote a ti misma; a ver si es cierto eso de que África empieza en los Pirineos. La mejor opción para comprar una bici, también por aquél entonces, fue hacerlo al más puro escocés, con uno de los proyectos que más ha impulsado el uso de bicicletas en Escocia: The Bike Station. Esta organización recicla, recibe y vende bicicletas desde el año 2002 y además, las tienes de varios precios. Actualmente hay aplicaciones que te indican los mejores recorridos en bici en cualquier ciudad del mundo, pero cuando yo estuve viviendo en Edimburgo, tirábamos de los mapas que te facilitaban en cualquier tienda de venta o reparación de bicicletas. Hoy si te dispones a circular en bicicleta por Edimburgo te aconsejo que le eches un vistazo a Edimburgh Innertube Map. Tienen muy en cuenta los comentarios de los usuarios de bicicletas en la ciudad e incluyen un mapa específico si eres estudiante en Edimburgo.

Por supuesto que viniendo de donde vengo, donde circular en bici es un acto de vida o muerte en muchos casos, me hice con las diferencias en cuanto al reglamento de circulación entre España y Reino Unido, en concreto en Escocia. Me llamó mucho la atención que en Escocia no fuera obligatorio el uso de casco, luego entendí por qué, allí eres considerado un vehículo, el resto son accidentes propios de la circulación, sin más. Lo de circular por la izquierda y estar bien atenta en la diferencia de sentido es algo que, como casi todos, aprendí a base de sustos.

Dispuesta a calcular el tiempo que podría tardar en bici de mi casa al trabajo, cogí mi bici por primera vez para circular por Edimburgo como una más. Tenía absolutamente todo lo necesario para sentirme incluida en ese elenco de cívicos ciudadanos y todo tipo de protecciones. Por supuesto, la bici tenía luces, los frenos funcionaban perfectamente, las ruedas estaban bien y la cadena también. Para tal hazaña, la de montar en bici, me hice con: Un casco, un chaleco reflectante, una rodillera protectora, gomas para sujetar el bajo de los pantalones y a todas estas protecciones y detalles le sumas: el abrigo, el chubasquero y la mochila. Más que una cívica ciudadana del siglo XXI parecía un personaje de Mad Max, pero la idea de utilizar la bici para moverme por la ciudad me gustaba por muchos más motivos.

Enfilada por Leith Walk controlando en todo momento el manillar y circulando por el medio del carril, todo como debía ser, se pone detrás de mi un autobús urbano. Por supuesto el susto fue minino teniendo en cuenta que me esperaba una larga cuesta hacia arriba. Todas las recomendaciones leídas anteriormente no me valieron para nada en ese momento, las pulsaciones a mil por hora, mis piernas a tope de fuerzas, la lengua enrollada en la rodilla. De vez en cuando miraba hacia atrás con cara de pánico y volvía rápidamente la vista al frente, para no mirar demasiado aquella amenaza tan grande que se cernía sobre mi joven cuerpecito. Todo el mundo te advierte de que eres un vehículo más en la calzada cuando montas en bici, pero nadie te dice como sentirte vehículo. Era como en los sueños, que intentas correr y no puedes, pues igual, cuanto más pedaleaba, menos avanzaba o esa era mi sensación.

Cambiaba de marcha y otra vez, pedaleo por allá, pedaleo por aquí esta vez de pie, para dar más impulso y yo con esa inclinación que tenía la cuesta, no podía más. Acostumbrada a los cortos tramos de Madrid por los que utilicé la bicicleta como medio de transporte en un acto de valentía -ya que en Madrid puedes ser considerado muchas cosas, pero en raras ocasiones eres considerado un vehículo si te mueves en bici- ¿Quién me iba a decir a mí que cualquier vehículo, incluido ese autobús iba a respetar mi velocidad y distancia con absoluta normalidad? Yo en aquel momento pensaba en lo joven que era y en lo poco que se debía de estar pareciendo mi cara a la de los felices ciudadanas europeas que montan en bici, con cestita incluida. Debía ser la tercera vez que miré hacia atrás, debíamos ir más o menos por donde cruza Baulfour Street, me di cuenta de que el conductor del autobús se encogía de hombros, en un intento de tratar de comprender esa desesperada carrera que me estaba metiendo cuesta arriba, con cara de pánico. La cuarta vez que miré hacia atrás, ya me di cuenta de las caras de intriga y preocupación de los que estaban sentados junto al conductor. Justo en ese momento descubrí que era un vehículo más en la calzada, una ciudadana europea que utiliza la bicicleta como medio de transporte y el vehículo de atrás, me respetaba, aunque fuera un autobús, ambos podíamos usar el carril. El susto se me bajó de cuajo en cuanto empecé a experimentar el ridículo de aquella situación. Yo, mi maltrecho sentido del ridículo y mi convencimiento ciclista, teníamos que tratar de salir de esa como fuese. En la primera bajada de bordillo que vi, ahí me metí y pude parar frente a un portal, para disimular y asimilar lo que había pasado. Por supuesto, también para coger aire.

Lo que había pasado fue una de muchas diferencias que experimentas en Reino Unido. Muchas de estas diferencias son positivas a favor de su cultura, otras no por supuesto. En este caso esta diferencia te libera y te ayuda a no ir con tanta tensión por la vida. Algo tan lógico como el respeto de las normas de circulación parece relegado a un segundo plano en España. Ni una sola vez recibí un bocinazo, ningún coche me adelantó cerca, nunca sentí que ralentizaba el tráfico aunque a veces yo misma me apartaba por si acaso, era considerada un vehículo más en la calzada y me sentía una verdadera cívica ciudadana europea, afianzada en mi convicción de ciclista urbana. El uso de la bicicleta como transporte es algo que te recomiendo encarecidamente y si tu ciudad lo permite orográficamente hablando, con más razón, sea donde sea. Si puedes utiliza la bici para moverte, son muchas las ventajas. Haces deporte, llegas antes -y si no llueve mucho- puedes disfrutar de tus trayectos por la ciudad sobre ruedas, sin miedo a que alguien abra la puerta de su coche repentinamente.

Me llamo Menchu

Escribo sobre experiencias de trabajo y vida en Reino Unido. La newsletter de From Lost to the Támesis es gratis y en ella comparto mucho más de lo que ves aquí en la web. ¡Únete ahora mismo! ♥ 

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